domingo, 5 de junio de 2011

El sexo como expresión de poder

Domingo 05 de junio de 2011

TERESA MOLLA

El próximo 6 de junio Dominique Strauss-Kahn deberá comparecer ante un juez de Nueva York por los cargos de abuso sexual e intento de violación de una camarera de 32 años de un lujoso hotel de Manhattan, donde se hospedaba el ex director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Mientras él espera en arresto domiciliario, en París la escritora y periodista Tristane Banon está pensando en hacer lo que, por temor al estigma, no hizo en 2003, cuando dice haber sido forzada sexualmente por él mientras le realizaba una entrevista.

El caso de Strauss-Kahn, ha puesto en jaque a la política internacional y a sus enormes e invisibles redes de poder. Las agresiones de las que se le acusa son graves y no consigo entender cómo alguien lo puede justificar, puesto que es una de las evidencias de lo que pueden pensar aquellos que se creen los amos del mundo: que pueden poseerlo todo, incluidos los cuerpos de las mujeres que deseen aunque ellas no estén de acuerdo. 

Quienes justifican este tipo de situaciones (e incluso las permiten por intereses confesables o no), están contribuyendo al mantenimiento de la brutalidad más absoluta que se puede infligir a un ser humano cuando a la fuerza se le obliga a mantener unas relaciones sexuales no deseadas o, lo que es lo mismo, se le viola. Pero si se trata de una mujer que está en su trabajo, que además es afroamericana y viuda, como en el caso la víctima de Strauss-Kahn, el atentado a cualquier intento de políticas de igualdad entre mujeres y hombres se convierte en un asunto mundial dado el perfil del agresor que ha puesto sobre la mesa, de nuevo, la vieja fórmula de dinero-sexo y poder.
Si además sumamos que entre los dirigentes mundiales nos encontramos con otro nombre como el del ministro británico de Justicia, Ken Clarke, que no tiene ningún empacho en aparecer públicamente defendiendo que las condenas por violación se reduzcan a la mitad puesto que no todas las violaciones son iguales, entenderemos la consideración que sobre el cuerpo de las mujeres tienen algunos mandatarios del mundo.

Y que conste que los dos casos han ocurrido en el llamado primer mundo que es el desarrollado y el de la sociedad del bienestar, el de la teórica igualdad de derechos y oportunidades, etc., con lo cual no quiero ni imaginar lo que puede estar ocurriendo en otros lugares del mundo donde estos temas todavía son utopías.

Cuando rascamos sólo un poco aparece el machismo más atávico, aquel que da poder a los varones y les permite creer que son el centro del universo y que todo, incluso las vidas (y por tanto los cuerpos) de las mujeres, también les pertenecen. No contentos con ello, cuando se trata de castigar con algunas penas a quienes piensan como ellos y violan a mujeres y niñas, se intenta rebajar las penas con la justificación estúpida
de abaratar costos. Yo me pregunto:  ¿por qué no abaratan costos  de otras partidas? ¿Acaso el  castigo para quien viola los cuerpos de otras personas, mayoritariamente mujeres, ha de ser menor que el de quien roba un banco o comete un asesinato, por el hecho de que las víctimas sean, como decía antes, mayoritariamente mujeres?

Es en estos tipos de comentarios o actos cuando nos damos cuenta de lo lejos que seguimos estando mujeres y hombres de esa plena igualdad de derechos y oportunidades.
Hemos avanzado muchísimo y eso es totalmente innegable,  pero el sustrato que permanece oculto para ser del todo “políticamente correcto en los albores del siglo XXI” sigue estando ahí. 

Estos que se consideran los amos del mundo, de su país o del rincón más recóndito del planeta consideran también que los derechos (y los cuerpos) de las mujeres y las niñas pueden ser usados a su antojo sin que haya consecuencias. Afortunadamente comienzan ha haber consecuencias y aunque el ministro británico no ha dimitido (debería haber sido cesado de inmediato por el primer ministro), su reforma no se llevará a cabo.

En el caso de Strauss-Kahn, este escándalo ha supuesto el final a su carrera política y económica en el mejor de los casos, puesto que puede acabar con sus huesos en la cárcel. Pero, ¿y las víctimas?, ¿quién las resarcirá del daño moral que han sufrido en ambos casos? Puesto que ni con la retirada de la medida en Gran Bretaña ni con la cárcel o el acuerdo en el caso Strauss-Kahn, las vidas de las víctimas quedarán como estaban, ¿qué pasará con ellas? 

Al final la pregunta siempre queda en el aire ¿qué pasa con las vidas de las víctimas de violaciones o agresiones sexuales? Los escándalos pasarán, pero ellas quedarán con esa herida en el alma para todos los días que les quedan de vida. (Cimac)

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